No es necesario ir a la guerra para ganar mil batallas

Se levantó sobresaltado, empapado en sudor, y con sensación de falta de aire. Aquel sueño recurrente no le dejaba dormir. En su sueño recordaba los fogonazos de las bombas que traían el día a la noche, la luz de las explosiones que iluminaban, por un segundo, el cielo. Él había estado en muchas batallas, pero aquella guerra había sido distinta, desde entonces, un pitido intenso se había instalado en su tímpano al recibir varias bombas demasiado cerca de su posición, y un disparo en su hombro izquierdo.

El maldito pitido aumentaba en el silencio de la noche de su habitación del hospital. No podía dormir y el dolor, en ocasiones físico, y en ocasiones como consecuencia del cansancio y la ansiedad, no le dejaba descansar, y le tenía postrado en aquel hospital que le recordaba que había fracasado. El doctor le había pautado analgésicos, barbitúricos para dormir y un tratamiento para el pitido de los oídos. Pero, una vez despierto, ya no conseguía conciliar el sueño, el pitido estaba ahí para hacerle compañía, una penosa compañía, para recordarle, una y otra vez, el ruido de las bombas, y para martirizarle con un futuro sembrado de minas y miedo a pisarlas.

Con los días, el dolor físico iba remitiendo, dejando paso a un vacío personal, lleno de reproches y decepción. El problema no era ya lo sucedido, sino lo que tenía que suceder. El camino de baldosas amarillas que había construido se había vuelto un lodazal hediondo y, desde esa posición, no había camino posible. Ni hacia atrás ni hacia delante, solo podía esperar. Los medicamentos recetados no hacían más que recordarle que estaba incapacitado y el maldito pitido solamente desaparecía cuando conseguía olvidarse de todo.

Durante su estancia en el hospital tuvo varios compañeros de habitación. Algunos por temas sin importancia y otros por heridas e intervenciones más importantes. Todos ellos hablaban mucho, quizás más de lo que él quería, quizás menos de lo que él necesitaba, pero esas conversaciones le obligaban a transitar de nuevo por aquellas sucias trincheras, por escuchar el ruido atronador de aquellas bombas que, si bien antes no le afectaban, ahora le habían traído a esa cama. Además hacían que volviese el maldito pitido constante.

Durante la noche volvía rememorar constantemente los motivos que le habían llevado a esa situación. Una batalla en la que sólo había enemigos, incluido él mismo. Se veía en su trinchera, con un cuchillo como única arma, mientras fuera silbaban las balas y atronaban las bombas. A un lado y al otro de la trinchera sus compañeros se contaban con los dedos de una mano, no llegaban a ser ni un pelotón. Además, como armas, portaban palos y piedras, contra tanques y cañones. Recordaba el momento exacto en que escuchó un ruido seco detrás suyo, y un profundo dolor inundó su hombro y la sangre caliente cayendo por su pecho mientras, a la vez, sentía cada vez más frío. A partir de ahí no recordaba nada, sólo masticaba una y otra vez cada momento. Sobresaltado se incorporaba de nuevo sudando. «… El disparo vino de la espalda, alguien de mi pelotón me disparó…». Y se volvía a desmayar.

Pasaron los días y, poco a poco, fue encontrándose mejor. Dejó la medicación, nunca fue amigo de las pastillas y, en ese caso, la analgesia tendría que venir de uno mismo. Pudo hacer un análisis más reflexivo de la situación y acordó consigo mismo que  la responsabilidad en este terremoto no era, en gran parte, suya. No se puede ir a una batalla sin batallón, sin armas contra un enemigo armado y, maldita sea, alguien le disparó desde su trinchera. Él no supo medir los riesgos, no supo salir de esa trinchera cuando nada tenía sentido, no supo mirar hacia atrás pidiendo más armas, más soldados o un alto el fuego ante una derrota clara. Su pelotón era Carne de Cañón, Crónica de una muerte anunciada, y él estaba a la cabeza.

Después de un tiempo parado en el camino, bloqueado, se dijo «¡A la mierda!». Recordó la letra de aquella canción que le removia cada vez que la escuchaba.

Sólo pueden contigo
Si te acabas rindiendo
Si disparan por fuera
Y te matan por dentro

Llegaremos a tiempo – Rosana

Volvió sus pasos por el camino de baldosas amarillas que había construido hasta llegar a aquella cama de hospital. Comprobó que el camino tenía otras salidas y, «¡Qué cojones!», él tenía baldosas, se sentía cada día más fuerte y sabía cómo construir un nuevo camino. Decidió que iba a volver sus pasos, tomar aire y sopesar los caminos que construir. Con calma, sin prisa, y sin entrar en una guerra sin sentido.

Porque no es necesario ir a la guerra para ganar mil batallas.

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